Miguel Enríquez, el menos muerto de todos.
Miguel Enríquez, el menos muerto de todos.
Por un talud abierto en la pared Te está mirando el ojo de tu pueblo
Para saber Si eres aquel Que empuñará las armas de miguel.(Patricio Manns)
Sábado 5 de octubre de 1974, la vela del día está a
medio consumir, como un niño temeroso corre despacio el viento por
Calle santa Fe, allá en la comuna de San Miguel.
Pequeño el piano que descansa sobre una mesa delicada y barretin, como
pequeña es la máquina de escribir que va martillando bemoles negros
sobre la hoja blanca, procurando no elevar los tonos de las notas que
van pulsando el ruido de las teclas. Las palabras se unen y se abrazan
en una canción de protesta, de reclamo, de grito callado que espera ir
a posarse sobre las bocas que enmudecen de tanto terror. Acordes que
pretenden levantar y unir las voces en contra de la Dictadura gorila
golpista y grosera de Pinochet y compañía.
Martes 11 de septiembre, Salvador Allende no acepta
planes de retirada, ni huidas por patios traseros, ni fugas por pasajes
escondidos. Se queda. Entremedio del fuego envía una sola frase al
Secretario General de Mir; ¡Ahora es tu turno Miguel!
Ese mismo 11, se reúnen en la fábrica metalúrgica Indumet, dirigentes
socialistas, comunistas y miristas. Hay que hacer, levantar y coordinar
la Resistencia armada Insiste Miguel, sabiendo que sobre su hombros
descansan las esperanzas, tanto de Allende, como de el pueblo en su
conjunto también.
Los del Partido Comunista insisten, en que hay que esperar, los
militares no se atreverán a cerrar el Congreso, los medios de
comunicación, “desde allí se les debe enfrentar y luchar” exclaman.
Miguel golpea la mesa, insiste y maldice. Hay que luchar, no nos
podemos quedar sólo a mirar.
Y por las calles de Santiago, interminables hileras de
rostros asombrados, desconcertados, idos, como sonámbulos que no
escuchan los aviones, ni las balas rugir, deambulan con preguntas y un
nudo el pecho que va ahorcando las gargantas.
Sólo unos pocos se desempolvan de miedo y terror. La reunión queda a
medio terminar. Fuerzas armadas comienzan a cercar la fábrica.
Un temporal de balas se deja caer sobre los presentes. A punta de
balazos los dirigentes rompen el cerco, algunos compañeros y obreros
quedan aceitando con su sangre la vieja fábrica que nunca más se
levantará.
Ya ha pasado el mediodía de ese abominable 11, ya poco se puede hacer,
los hechos están consumados, quemados y despedazados.
Meses antes de la asonada militar, el Movimiento de
Izquierda Revolucionaria vociferaba a los cuatro vientos que las
condiciones serían desastrosas si el pueblo no pasaba a la ofensiva. Se
fraguaba una intervención sangrienta por parte de la Burguesía. Había
que actuar.
El 11, una frágil flor de cristal se rompe en mil
pedazos. Las esquirlas se rompían en llanto allá en La Moneda,
esquirlas que también herían y cortaban con su trazo a lo largo y ancho
de un país.
El barco se hundía en un mar de llamas y ciertas ratas
corrían con sus maletas bajo el brazo el mismo día o a los días
siguientes.
Mientras tanto, cientos se iban a las embajadas y de allí directo al
extranjero. Donde un alto porcentaje, hasta el día de hoy, actuaron y
actúan como méritos parásitos de la lucha que otros dieron, de esos que
se quedaron. Míralos ahora, empresarios, fanáticos cristianos,
renegados, relavados, apóstoles de apostasías, es decir paradigmas y
estigmas de traición e inconsecuencia.
Y Miguel es claro y decidido. El mir no se asila. El Mir se queda y combate.
Irse sería como desertar, como abandonar la lucha, dejar botado al pueblo a su suerte.
Miguel pasa a ser clandestino, destino de millones de
chilenos.
Parapetado en trincheras invisibles al ojo del halcón trabaja
incansablemente. Mientras tanto, él estudia, analiza, lee y relee
cientos de recortes de noticias, de informaciones que puedan dar luces
a las causas más directas del golpe, de cómo serán las siguientes
acciones.
Grandes clásicos le soplan ciertas ayudas y él saca ciertas respuestas
que se van haciendo más y más claras.
Uno a uno van cayendo sus amigos, sus amigos
compañeros. El Rumor de la muerte anida en cada boca. Las puertas se
cierran, las ayudas desaparecen. Las espaldas se multiplican, las
bienvenidas ya no existen, se oye insistente el cerrar de puertas.
Los que no caen muertos, se rompen en la tortura y con dedos quebrados
apuntan y señalan a los que quedan.
Las caras son todas extrañas, las calles son bocas de lobo donde
pernocta la muerte.
Y Miguel insiste en ir a rescatar a sus compañeros. Los
Milicos tiemblan escondidos en las ratoneras que le han preparado, no
se atreven a mover. Y otras, Miguel se abre camino a balazos y la
muerte le guiña un ojo cuando lo ve alejarse.
Y atiende los puntos de esa madeja que poco a poco se va deshaciendo.
Cada día son menos. Cada día llora cuando nadie lo ve. Y sé da ánimos y
valor. Y vuelve a la calle y vuelve a atender a organizar. Arriesga el
pellejo una y otra vez, mientras otros se escondían debajo de las camas
o contaban en restaurantes finos, lo duro que fue su estadía allá en
ese Chile de Allende.
En el Combate de Quebrada del Yuro, cae herido por un
balazo en su pierna izquierda el Che Guevara y es hecho prisionero.
Como a la una de la tarde, un 9 de octubre cae asesinado por dos
ráfagas militares el Guerrillero heroico.
Es la una de la tarde del sábado 5 de Octubre, la
compañera de Miguel vuelve con bolsas de mercadería, y también cansada
de buscar algún otro alojamiento.
Miguel le dice a quemarropa que han visto autos sospechosos pasar. Le
ordena que tome los bolsos con importantes papeles y documentación. La
policía se detiene frente a la casa. Son ellos exclama Miguel.
Su fusil AK tiembla de miedo y nerviosismo y Miguel le
ofrece su hombro sereno, lo calma, lo abraza y este comienza a
disparar.
El sonido de las balas calla el vecindario. El sonido también calla a
esos que sólo hablaban y no paran hasta el día de hoy de sólo hablar.
Miguel no se rinde. Sigue disparando. Los Policías cierran los ojos y disparan sin parar.
Con la voz hecha un hilo, uno de ellos pide insistentemente refuerzos.
Buses repletos de policías. Comandos, mercenarios y carniceros despostando el ambiente.
En un momento Miguel les grita. ¡Hay una mujer embarazada aquí!
Obviamente, eso es muy poca cosa para ser tomada en cuenta por los valientes soldados.
Cuentan que los que estaban con él huyeron por los techos, dejándolo indefenso. Cuentan que lo creyeron muerto.
Que las granadas que los policías arrojaban habían ya matado a su compañera que yacía herida de muerte sobre el suelo.
El caso es que Miguel cae herido, desmayado y muerto por algunos impactos.
Una bala le entró por uno de sus ojos y le destruyó el cráneo.
La tanqueta aquieta sus correas, el helicóptero se
queda estático como una libélula venida del infierno. Los hombres
sienten como el sudor frío les baja por el pecho.
Una carta rota que nunca tendrá destinatario. Una estampa que tiñe de
sangre el polvo del patio. Los Uniformados sueltan un respiro de alivio.
Y las convicciones levantan y traen de vuelta a Miguel.
Y se levanta y afina puntería y de nuevo comienza a dispar. Y cientos
de policías disparan histéricos una y otra vez, una y otra vez contra
la casita de Santa Fe.
Y Miguel cae desplomado debido al peso del plomo sobre
su cuerpo. No se escuchan más disparos. Lo piensan una y otra vez, una
y otra vez. Hasta que un capitán da la orden de entrar. Ya muerto lo
vuelven a rematar. Se levantó una vez, no sería bueno que se vuelva a
levantar. Diez balas lo duermen para siempre, es decir, el siempre de
ellos. Ese término que no es más que el principio de un jamás.
Y es que la Muerte sólo existen para quienes creen en ella.
Hoy fue el turno de mi Miguel mañana el tuyo, el mío,
el de nosotros. Tarde temprano la carroza de la muerte nos llevará.
Seamos nosotros los que conduzcamos esas riendas camarada,
conduzcámosla a parajes indómitos, decentes, valientes, honestos, al
pastizal que hará arder la historia de los explotadores. Esa historia
que no será más que un mal preámbulo, un mal recuerdo para los años
hermosos que vendrán.
Vamos Compañero, Vamos…
Y es que a los muertos se les recuerda con alegría, con fuerzas, pujantes o sino no se les recuerda nada carajo
Que partan ahora los presentes a hacer sus testamentos, esos que quieren ser recordados con sólo llanto y lágrimas penitentes
A los muertos se les recuerda con alegría carajo.
Y es que no necesitamos a la muerte para venir a inyectarnos vida.
Necesitamos Vida, más vida, mucha vida, para derrotar a la Muerte.
El dolor sólo atrae más dolor.
Los verdaderos analistas insisten en que Miguel cometió
infinidad de errores cuando estuvo vivo. A ratos dibujan una caricatura
simplona e incendiaria de su persona.
Acertados o no, lo cierto es que a casi 40 años de la caída de la
Unidad Popular, la realidad, el ahora, esto que vivimos, esto que
palpamos día a día, reafirma más que mil análisis la certeza preclara
de quien organizaba la Resistencia personalmente en sus primeros días
contra la Dictadura del capital.
Entonces…
Alégrate por Miguel, murió en combate, tuvo la
oportunidad de pelear, no de morir amarrado a una silla. La vida lo
premió con laureles.
Tuvo la suerte de no ser devorado por el tiempo y los pactos, y el
dinero y los diálogos y los cargos, un guerrero en medio de un
gallinero de loros que hablaban mucho y gallinas que sólo han hablado y
hablado hasta el día de hoy.
No necesitamos golpearnos el pecho por su partida.
Necesitamos golpear el pecho de los que explotan a nuestra Tierra.
Escucha su Risa, no su llanto. Escucha sus palabras y su canto.
Que se escuche más fuerte que nunca.
¡Pueblo Conciencia y Fusil!
¡Pueblo Conciencia y Miguel!
Hasta la Victoria Siempre.
Andrés Bianque.
- blog de Drako
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