Los intocables
Los intocables
Entonces, ahora ver a los Pinochetitos tras las rejas por unas horas. Ver a la vieja haciendo su mejor teatro de “La dama de las camelias” moribunda rumbo al Hospital Militar, refugio en democracia de tantos asesinos. Aun así, por Dios que fue gratificante ver a la familia Pinocha detenida, uno vuelve a creer en la justicia, por unas horas, y qué fue.
Recién pagando en el supermercado, cuando la cajera me pregunta con cara de Teletón: ¿Puede donar cinco pesos a la Fundación Santa Lucía?, le contesto que no, que nadie sabe dónde van a dar esos millones que recolectan día a día en los supermercados con la oración de la caridad. Entonces, la mujer me mira como si viera a Satanás entregándome el vuelto con ademán de servicio. Además, quién sabe dónde van a dar estas toneladas de monedas, exclamo fuerte, y una señora en la cola me contesta: "Capaz que vayan a dar a la cuenta de la familia Pinochet también". Y me río, y salgo del supermercado pensando en aquella familia del terror, que además de todos los crímenes y crueldades de los que fueron cómplices, ahora les brotan cuentas ladronas en los bancos de todo el mundo. Hago una arcada tratando de resistir por años el hedor a cadáver de ese nombre maldito, de ese nombre siniestro, de esa parentela engalanada de flecos, estrellitas y comparsas de orfeón. Ahora en democracia, los vemos en patota camino a la cárcel por el usufructo que hizo el agusanado tirano de nuestras arcas fiscales.
Sigo caminando con mis bolsas de supermercado recordando con asco a esa familia. Ellos, los Pinochetitos que el viejo Passalacqua colipato de la farándula defiende (ya lo sabía María que era de allí). Ellos, los Pinochitos que no pisaban la tierra creyéndose realeza piñufla. Ellos, los Pinochitos que pasaban en sus Mercedes Benz blindados con escoltas milicos aullando por las calles de un Chile masacrado, un país torturado. Ellos, los Pinochitos haciendo risa de la masacre mientras compraban a destajo su Miami ofertón. Ellas, las rubias teñidas, las hijas, nietas, sobrinas, las pelolais de la derecha argumentando que el tata tenía razón al exterminar a estos rotos upelientos. Ellos, los Pinochetones auspiciados por el farandulón estelar (por eso me carga la farándula). Se creían invulnerables, se creían intocables con sus aires provincianos de familión real con la abeja reina o la emperatriz Cema Chile, que como corona usaba esos horrorosos sombreros de bacinica. A nadie le rendían cuentas dilapidando el presupuesto de la nación. La vieja del sombrero desalojando una manzana entera de Providencia porque iba a elegir el papel mural de su mansión de Lo Curro, que cambiaba semana a semana, según su estado de ánimo. Más atrás, la regordeta hija Pinocha que se las daba de curadora de arte, comprando y rematando pinturas a los artistas muertos de hambre que le entregaban sus obras por unos pesos. Más atrás, el tontón Augustito atragantadote con la torpeza de su nazista expresión. Entonces, en ese tiempo, quién podía decirle nada a esta ralea facha que tenía el timbre de supernovas en un país asfixiado por la represión. Qué querían, si por fin no fue el crimen y la tortura el antecedente para encarcelarlos. Si los aprehendieron ahí, con las manos en la masa de la plata, o con las manos en la sangre sería mejor. Entonces, ahora ver a los Pinochetitos tras las rejas por unas horas. Ver a la vieja haciendo su mejor teatro de "La dama de las camelias" moribunda rumbo al Hospital Militar, refugio en democracia de tantos asesinos. Aun así, por Dios que fue gratificante ver a la familia Pinocha detenida, uno vuelve a creer en la justicia, por unas horas, y qué fue. Por eso sigo caminando con mi bolsa de supermercado, respirando hondo por mi Gladys, por mis desaparecidos, esperando que allá en la sombra delincuencial, la justicia brille, la justicia alumbre para tantos que no tuvieron este placentero bienestar.
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